


Verde yunga, verde naturaleza. Verdeverdad. Cuánto verde, desde el mate que tomábamos hasta la hoja de tamaño más pequeño en la selva subtropical que atravesábamos. La primera impresión fue sin dudas los diferentes matices de verdes, verdes claros, oscuros verdes que esperanzaban nuestra meta. Adiós a la ciudad, adiós a los días atormentados por el reloj en los pasillos de la universidad, y las calles repletas de autos y personas chocándose por llegar primeros a quien sabe donde. Quizás a la muerte, quizás a un modo de alienación más barato. La ciudad es también es una seductora que sabe llevarnos de las narices a esos bares y recitales que tanto nos gustan. Pero no ese día, ese día el reloj estaba sepultado cuatro metros por debajo de mi cama en Buenos Aires y la música, estaba en el aire.
Mariposas y pájaros por todas partes, el primer camino sinuoso de este pequeño viaje. Un monumento “al indio”, y otro a la humanidad toda: la belleza. Cómo no contemplar la humedad, las begonias y helechos, timbó, cedros, nogales,
lianas. Infinitos sonidos, el rugir del agua en el rió, los pájaros cantando, quien sabe cuántas especies de bichos asomarían sus cuerpos a ese día que recién empezaba. Un cartel: fin del mundo.
Mariposas y pájaros por todas partes, el primer camino sinuoso de este pequeño viaje. Un monumento “al indio”, y otro a la humanidad toda: la belleza. Cómo no contemplar la humedad, las begonias y helechos, timbó, cedros, nogales,
lianas. Infinitos sonidos, el rugir del agua en el rió, los pájaros cantando, quien sabe cuántas especies de bichos asomarían sus cuerpos a ese día que recién empezaba. Un cartel: fin del mundo. 
